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Coplillas para Don Antonio sonriendo

Coplillas para Don Antonio sonriendo

“Las cosas no son como las vemos”

(Algo que sabe todo el mundo)

Con el nombre del posible primer propietario: Gonzalo López-Alonso, escrito con bolígrafo rojo hacia 1971, adquirí en una librería de viejo las “Poesías Completas” de Antonio Machado, editadas en la para mi querida Colección Austral (Volumen Extra de la Serie Violeta).
En las primeras páginas el propio autor escribe brevemente de su vida, algunos prólogos y sobre poética…. Y comienza así:

“Nací en Sevilla, una noche de julio de 1875, en el célebre palacio de las Dueñas en la calle del mismo nombre.
Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, adonde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juventud son madrileños. He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de Lengua francesa, que profesé durante cinco años en Soria. Allí me casé: allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me trasladé a Baeza, donde ahora resido. Mis aficiones son pasear y leer. 1917”

Abro el libro al azar, leo unas coplillas en voz alta, e inmediatamente escribo algunas para Don Antonio con el irrealizable deseo de imitarle. Ha sido mi forma de mostrarle afecto:

Pasea el cantor en el campo,
para si solo en su canto,
inventando palabritas
hacia el aire que las lleva.
*
Nada más desayunar
un hortelano celebra
que el día, sin inventar,
siempre ahora comienza.
*
Necesitando regresar
a las antiguas coplillas
tan sencillas, transparentes,
el coplero sueña y canta.
*
Mientras todo lo ama,
incluso a los escasos que aman,
pasea el soñador amando
todo aquello que le ama.
*
Un plato con su cuchara,
la taza de café vacía,
un cigarrillo en la mano.
el que fuma es nubecilla.

Esta mañana me siento seguro de que, si quien estas coplillas espontáneamente escribió, hubiese tenido la ocasión de leérselas en uno de aquellos viejos cafés, sentado cerca de Don Antonio Machado, este las recibiría sonriendo sacudiéndose las cenizas que su cigarrillo depositaba sobre la corbata y después bebería saboreando el último sorbo de café, entonces me parecería suficiente.

Saludos a todos de Pablo Rabanal, aquel que un día invernal se acercó a la solitaria tumba de Don Antonio para agradecerle en silencio el haber sido como fue.


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