Despedida

DESPEDIDA

La escalera interior de esta notaría, de unos quince peldaños en forma de L, conecta la planta baja, en la que se encuentran dos cuartos para el oficial, dos administrativos y un contable, dos despachos de notario y la zona de espera, con la planta superior, una sala grande destinada a reuniones y archivo.

Es una escalera bien asentada, de roble macizo y barniz claro. Por ella iniciaba su descenso un pequeño grupo, de unas cinco o seis personas que antes había oído conversar en tono distendido con la notaria.

Dos de ellos sujetaban por ambos lados a un hombre que ya de viejo no se valía por sí mismo, seco, en huesos, con una ropa exageradamente grande para su ya exiguo cuerpo.

Era evidente que no le quedaban dos meses de vida. Los demás compañantes ayudaban al descenso dando instrucciones o yendo por delante por si surgía algún imprevisto en la maniobra.

El anciano tanteaba con grandes dificultades la huella inferior, que no veía. Bajaba tieso, delegando en quienes le flanqueaban la responsabilidad de dejarlo en la vertical desde la que dejar caer el pie, que, tembloroso, parecía buscar con ojos la superficie plana donde aterrizar su zapato (negro para la ocasión, como de domingo).

Pasaron unos minutos antes de que llegara al último peldaño. Fue cuando iba por la mitad de su titánico esfuerzo cuando me di cuenta de que se trataba de Ramón, el juez de paz, con quien tuve trato desde hacía años y nos cruzábamos saludos calurosos en la calle hasta no hace mucho. Al reconocerle sentí el impulso de ir a saludarle.

Cuando acabó su trabajo de vencer el desnivel de la última tabica y ya se encontraba en suelo firme, me dirigí a él y, mirándole a los ojos, le estreché la mano: «Buenos días, D. Ramón, ¡encantado de saludarle de nuevo!» Me clavó una mirada de eterno agradecimiento. No era el agradecimiento de alguien a quien se ha hecho un favor. Era el de quien sabe que emprendería pronto su último viaje, hacia lo desconocido. 

Percibí en sus diminutos ojos el entendimiento que quería transmitirme y me respondió, con un hilo de voz casi imperceptible: «Muchas gracias. Cómo te va todo». Intercambiamos algunas palabras de encuentro y luego se despidió. Adiós. Y salió de la notaría rodeado de sus familiares.

Me quedé un rato pensando en su situación mientras esperaba mi turno. La de quien acude con su familia a la notaría para dejar atados sus asuntos en la última gestión de su vida. Sentí que compartía con él esa sensación final de vértigo por el inminente misterio al que iba a adentrarse.

 Adiós, amigo, buen viaje.
Texto: Roberto Lamuño
Fotografía: Pasajero, De Mariano Belmar Torrecilla

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