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Pintor

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Hay un pintor ahí afuera. Es muy anciano, con el cabello que circunda la coronilla de un blanco sin grises, ropita de mercadillo y alpargatas agujereadas de jubilado, con calcetín gris. No falta ningún verano, apoya sus acuarelas a la venta en la pared de La Caixa y pasa la mayor parte del día frente al caballete pintando paisajes y rincones clásicos llaniscos. Hoy le ocupaba el puente, visto desde la perspectiva del Colón, con el edificio de El Siglo de fondo y la llegada canalizada del río Carrocedo.

Nosotros debatíamos si pintaba por necesidad, para complementar su pensión por ejemplo. Yo defendía que era la pasión la que le traía a Llanes cada verano. A poner su ser en la acera, entregado al trazo, colores y proporciones de las composiciones con las que dialogaba y establecía minúsculos y repetidos acuerdos, abstraído entre el flujo continuo de paseantes, —otro paisaje al que ponía a descansar la vista de vez en cuando—. 

El pasado año bien pensé que sería el último. Vino hecho unos zorros. Apenas se movía y se ayudaba de un taca taca. Pero volvió, para dejar establecido que seguía siendo parte del verano llanisco. Habría pasado una pelona, pensé al ver que ahora prescindía de muleta. Está sentado, erguido, en el banco público individual, (que ninguno de nosotros osaría utilizar). Su mujer ocupa el otro, masticando con esfuerzo trocitos de manzana mientras vela por el entorno.

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Texto: Roberto Lamuño

Fotografía: Fidel Dueñas


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