She is my camera

She is my camera

La mirada fotográfica de Isabel Azkarate

Algunos creemos, sospechamos al menos, como lo hacen los habitantes primeros de las sabanas, las estepas, las praderas y los fiordos, que cuando nos sacan una foto nos roban el alma. Algunos sabemos que solo a las más bellas criaturas de la noche, a aquellas que están hechas de la materia de nuestras pesadillas, les ha sido concedido el poder de no reflejarse ni en los espejos ni en el objetivo de una cámara. Algunos estamos de acuerdo con la Agrado de «Todo sobre mi madre» y pensamos que somos más de verdad cuanto más nos aproximamos al sueño que de nosotros mismos hemos construido. Y como la cámara no suele relevarnos lo soñado si no la realidad, algunos abominamos de la fotografía. 

Algunos temblamos cuando el tren de sombras que según José Luis Guerin es la imagen en movimiento se detiene, se convierte en foto fija, y nos lanza al vértigo de quedar atrapados entre los muertos. No solo porque, tantas y tantas veces, quienes nos rodean en una fotografía ya pasean por el Valle de las Sombras, sino porque también se marchitaron las ilusiones, las esperanzas, lanzadas en aquella instantánea feliz.

Por todo eso, por lo demás y por muchas cosas más, algunos odiamos que no saquen fotos. Y sin embargo, cambiantes como somos, mudables como somos, inciertos como somos, necesitamos a veces, tantas veces, muchas veces, que alguien que con nosotros va nos cuente, nos cante, nuestra vida, nuestra canción. Frágil, voluble, volátil es nuestra memoria. De barro la seguridad de nuestros sueños, así que, en el fondo, necesitamos de alguien que lleve la cuenta de nuestras hazañas, de nuestros desvaríos. Y es ahí donde al girarnos para buscar un apoyo encontramos a la Azkarate, a Isabel. Recurrimos a su mirada para recuperar la nuestra. Su cámara es nuestra memoria.

La necesitamos para que nos recuerde los viajes que no hemos hecho. Para que no se nos difuminen los rostros de quienes amamos. Para que alguien guarde el recuerdo de una fiesta, de una excursión, de una charada. A algunos no nos gusta que nos saquen fotos. A algunos no nos gusta ver fotos. Y sin embargo, la Azkarate  nos saca fotos. Y sin embargo, miramos las fotos de Isabel. Porque son nuestra memoria. La real. La inventada. Viajamos en el tren de las sombras. Sabemos que es el de las sombras. Sabemos que va a detenerse. Sabemos que no nos atreveremos a fijar la mirada en lo que queda atrás. Pero sabemos también que la Azkarate ronda por ahí. No posamos para ella. Sospechamos que nos robaría el alma. Pero no ignoramos que su cámara está activada. En ese momento, temblamos. Sabemos que nos está robando lo soñado para convertirlo en realidad. En ese instante, desearíamos ser como las bellas criaturas de la noche y no reflejarnos en su objetivo. Pero al apearnos del tren necesitamos que alguien haya atrapado ese fogonazo de felicidad o duelo. Y al tiempo, necesitamos ver lo que fuimos, cómo fuimos, con quiénes fuimos. Y por eso Isabel es nuestra memoria. She is a camera. Ella es una cámara. Nuestra cámara. La que detiene el tren de sombras en el que viajamos hacia el infinito.

Begoña del Teso, periodista y critica de cine.
Texto del Catálogo de la Exposición “Isabel Azkarate, 20 años en 35 mm” (Centro Cultural Koldo Mitxelena, San Sebastián 2002)

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