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Dialogando sobre lo efímero con Eduardo Carrero

Dialogando sobre lo efímero con Eduardo Carrero

El conocimiento (que posiblemente tan solo sea una apariencia que evoluciona) nos conduce a nuevos desconocimientos, convirtiendo el camino hacia el conocer en un interminable andar sin meta definitiva. Nos impresiona pensarlo así, quizás porque nos convertiría en otros que estamos necesitando siempre ser y que tanto ansiamos como rechazamos.

 

Las lagunas del humano con respecto al conocimiento son infinitas, al ser un eterno ignorante que solo puede continuar y continuar mientras respira, sin saber lo que el aire contiene y le aporta.

 

Uno no puede hacer mucho más que dudar cuando se pregunta o afirma algo, pero no vamos a torturarnos por ser una duda permanente; aunque tampoco parece aconsejable celebrar una afirmación como un éxito o como si hubiésemos descubierto una parte de la supuesta realidad. Entre dudar y afirmar vamos viviendo, que no es poco, pero tampoco es mucho, al parecer es sencillamente lo que hay que celebrar.

 

Por lo tanto uno llega a dudar de que estar optimista o pesimista o seguro o inseguro ante lo que piensa u ocurra en el mundo, sea algo real; piensa que más bien son estados pasajeros que no se mantienen, aunque uno permanezca en uno de ellos más tiempo de lo que podría ser aconsejable para su salud mental.

 

Uno puede llegar a crear una palabra (como Arte, por ejemplo) y al hacerlo dotarla de un significado, pero como los significados evolucionan impredeciblemente según determinadas y muy variadas circunstancias, pueden terminar como es el caso, convirtiéndose en una de esas palabras que generan opiniones, libros, debates, monólogos, acuerdos, desacuerdos… de tal manera que el supuesto artista que lo practique, no solamente puede ser cualquiera de nosotros, sino que artistas pueden ser aquellos que se dediquen a una variedad de asuntos o temas de una amplitud inabarcable.

 

Quien os escribe no es especialista en Arte y tampoco es un lingüista, sino solamente un osado ignorante que ha escuchado esta mañana a Eduardo Carrero hablarle de lo efímero y que piensa y duda de lo que piensa y escribe, o sea alguien que sin haber pedido permiso, sin haber llamado a tu puerta, entra, toma asiento y cuenta para un interlocutor ausente que, de existir, solo puede ser lo imaginado, aunque en el caso de La Imperfecta es posible manifestar lo que el lector considere escribiéndonos en el apartado que llamamos CONTACTO.

 

Una de estas agradables mañanas lluviosas del norte hemos tenido la ocasión de sentarnos con Eduardo Carrero, un buen amigo recientemente jubilado como profesor de Educación Artística y además: emprendedor, pintor, generador de volúmenes, padre de tres hijos, cartelista, con quien tuvimos la ocasión de recordar lo efímero de las creaciones humanas, tema del que a menudo mantenemos en el olvido, dejando con ello de disfrutar del placer de incluirlo como una característica fundamental implícita en todo lo que hacemos y pensamos.

 

Está claro, que olvidarse de la evidente e inseparable compañía de lo efímero nos desplaza y desplazarse supone no estar en el lugar donde se está y es; perdiéndonos mucho y demostrando con tal actitud que fácilmente nos situamos fuera de nosotros al aferrarnos al inventado yo, ese sospechoso amigo que nos acompaña creándonos problemas de todo tipo (con frecuencia abandonamos el sentirnos un nosotros, pero ese es otro tema del cual entre otros y otras, la filósofa, profesora y divulgadora catalana Marina Garcés viene reflexionando en sus libros, libros que hemos leído y que esperamos volver a leer porque consideramos que en una primera lectura no hemos llegado a su esencia).

 

Pero sin más preámbulos pasemos a intentar narrar lo que Eduardo Carrero  nos estuvo contando y que antes de empezar a hacerlo nos mostró la siguiente imagen:

DIALOGANDO-SOBRE-LO-EFÍMERO-CON-E.C

Y con la imagen delante nos dijo:

 

-Me encontraba esta mañana cortando leña en el jardín para la chimenea y me detuve un rato al terminar la tarea a contemplar las formas en las que quedaron situados los troncos, así como el serrín que se formó entre ellos -hizo una pausa como si de nuevo lo estuviese mirando y prosiguió:

 

– Como a menudo y en otras situaciones me ocurre; tales como cuando realizo algún quehacer doméstico o me encuentro paseando por soledades o dibujando o me siente atraído por una casa abandonada o por cualquier cosa que encuentre… me detengo entonces a contemplar lo que alcanzan a ver mis ojos y trato de escuchar lo que siento. En esas situaciones, y al cabo de un rato, me siento inclinado a realizar algún tipo de intervención que suponga un pequeño cambio en lo que veo, es como si encontrase muchas razones, aunque ocultas, para hacerlo. Se me ocurren intervenciones sencillas, como aportar un toque de mi cosecha introduciendo espontáneamente algún pequeño elemento que no altere lo que tengo delante, sino que sea como una intervención modesta con la que sienta que colaboro a aportar un detalle que me produzca una sensación agradable, por supuesto sin grandes aspiraciones, es decir sin pensar que lo que haga va a trascender.

 

A actuar así me lleva algún tipo de sentimiento que no puedo explicar y es en esas situaciones cuando, como sin pretenderlo, consigo abandonar mi yo sintiéndome como si, por lo menos durante un momento, hubiese encontrado mi hueco en el mundo, un hueco que siempre termina siendo evanescente.

 

– Pero regresemos de nuevo a esta mañana en el jardín de casa. Al considerar que había terminado de cortar suficiente leña para la chimenea, me detuve a contemplar las formas que adoptaron los troncos, así como el serrín que quedó vertido entre ellos, y sin pensarlo previamente tomé entre mis manos un palo y dibujé un árbol desnudo en el suelo en el hueco entre los troncos recién cortados.

 

-El resultado solo yo pude sentirlo, un sentimiento placentero e intransferible pero que también resultaba intrascendente e irrepetible y, por tanto, efímero; tal como si en lo efímero existiese un misterio que podía, en esas circunstancias y con una actitud humilde, producir un sentimiento inefable que todas mis células percibían como una necesidad, tal como si regresase una sensación que estaba ausente. Se trataba de algo intrascendente que al mismo tiempo me aportó una energías desconocidas, pero energías beneficiosas de una belleza inexplicable; que es quizás lo que sea la belleza: un sentimiento que nadie puede terminar comunicando racionalmente en su plenitud por mucho que lo intente, un sentimiento que nos invita a guardarlo en silencio en nuestro interior porque todo intento de transmitirlo termina siendo solamente un deseo imposible de realizar, o por lo menos incompleto. Lo que sentí solo podía guardarlo dentro, única forma de percibir su encanto, el encanto de desconocer las consecuencias del sentido de lo ocurrido.

 

-Arte -continuó diciendo- se me presentó como algo intransmisible que cada uno realiza o percibe según su estado del momento, es como intervenir desde el sentimiento, pero sin pretensiones y se puede hacer con formas y materiales muy diferentes (mientras esto decía no pude evitar pensar en el libro La Utilidad de lo Inùtil de Nuccio Ordine, editado por Acantilado).

 

Y continuó más o menos así:

 

-El espacio cubierto de serrín que quedaba entre los troncos me inspiró a trazar el perfil de un árbol desnudo, que fotografié, cosa que no suelo hacer con lo que hago. No había nadie cerca, aunque todo esté siempre cerca, y todavía permanecí allí un rato contemplando lo que había hecho y que solamente yo podía ver, sintiendo que lo que acaba de hacer era el único testigo y pareciéndome, además, que resultaba de una belleza humilde que me sentía incapaz de transmitir. Había hecho algo de lo que solo yo podía disfrutar y que además no permaneció mucho tiempo y aunque permaneciese no estaría allí para percibir las posibles impresiones de otros que lo pudiesen contemplar.

 

-Después de un rato, que no supe cuantificar, regresé a casa a ducharme y al terminar de hacerlo recordé lo que había hecho y me asomé a la ventana para contemplar mi obra de nuevo desde otra perspectiva y el dibujo había desaparecido, mi perra Lola se había revolcado -supongo que con inmenso placer- sobre el árbol y lo había hecho desaparecer.

 

Nos despedimos con un intenso abrazo, por supuesto que también efímero, y regresé a casa caminado y sintiendo como no solamente yo (ese, repito, inexistente yo) sino que nosotros y todo lo que me rodeaba también era efímero pero pertenecía a una obra de arte colectiva, en la que cada uno de nosotros había realizado aportaciones anónimas.

 

Lo efímero, lo que constantemente se abre a lo que no sabemos vendrá, ese futuro infinito e ignorado, quizás nos esté diciendo que somos naturaleza, una naturaleza que también cambia, sin pausa, ajena a nuestras ambiciones.

 

Encantado con nuestra finitud os saluda efímera, pero afectuosamente.

 

Pablo Rabanal.


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