Juan Ramón Jiménez

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Para que nos hable del trabajo gustoso
El pueblo, es intuición, y cuando un hombre cansado de la vida se retira a la naturaleza (santo, poeta, sabio) va en busca de la intuición, de la desnudez de la cultura; no va a aprender, va a olvidar, es decir, a aprender y encontrar en el olvido. J.R.J.

Nada más comenzar a leer la conferencia de Don Juan Ramón Jiménez, con la que a su vez da título al libro “EL TRABAJO GUSTOSO”, publicado por Aguilar México en 1962 y que además contiene otras conferencias tales como: Poemas y Literatura, Aristocracia y Democracia, Poesía Cerrada y Poesía Abierta, a este lector, le hubiese encantado estar presente entre el público asistente escuchando la voz y sintiendo la cercanía del hacedor de versos, ese trabajador de la palabra que nunca daba un texto por terminado, llegando incluso a corregir hasta desarmar un libro recién publicado para escribir sobre el mismo rectificaciones a mano.

 

En otro libro titulado “Juan Ramón Jiménez El Perfeccionista”, edición al cuidado de Chistopher Maurer subtitulado “Hacia una poética del trabajo” y publicado por Espiral Hispano Americana en 2016 también nos hemos encontrado con aforismos del Andaluz de Moguer Universal, así como cual era su posición ética respecto al trabajo gustoso y sus dimensiones, no solo como poeta, sino como persona que reflexiona.

Juan Ramón Jiménez
Juan Ramón Jiménez

Tratando de acercarnos más a este autor también hemos releído su “Platero” y algunos poemas. Y necesitando conocer en todo lo posible a la persona y al autor también leímos “JUAN RAMÓN JIMÉNEZ CARTAS ANTOLOGÍA” Edición de Francisco Garfias publicado en la Colección Austral 1992; una amplia selección de cartas en las que da muestras de su personalidad y de su voluntad inquebrantable, a pesar de sus muchos achaques, para intentar mostrarnos como la poesía ha sido el fundamento de su vida. Entre la amplia correspondencia que mantuvo con escritores, músicos y editores, podíamos citar a: Federico García Lorca, Miguel de Unamuno, Rubén Darío, Antonio Machado, Ramón Gómez de la Serna, Borges, José Hierro, Gerardo Diego, Gregorio Marañón, Ortega y Gasset… por aportar tan solo una muestra de las muchas personalidades con las que se carteó y los temas por los que se sintió atraído.

 

De Juan Ramón Jiménez se ha opinado casi de todo, se ha dicho que dominó anulando a su mujer Zenobia, de sus manías de escribir en una habitación insonorizada, de su carácter áspero, de sus hipocondrías, pero también están los que se han centrado en su obra, es decir en la amplia herencia escrita que nos ha dejado a la humanidad, herencia a la que he estado acercándome estos días con los libros citados y que en mi formación académica, y desgraciadamente para mi, no me había encontrado con profesores que, por ejemplo, me hubiese citado que escribió un libro como “El Trabajo Gustoso”, libro que recientemente he encontrado en una librería de viejo y que considero un afortunado encuentro, al invitarme el mismo a reflexionar sobre el trabajo como un gozo (de otra forma no sería trabajo y bien podríamos llamarlo esclavitud o por lo menos equivocación) y también reflexionar sobre la poesía como una necesidad vital para los humanos, temas tan frecuentemente olvidados como si ya lo que es importante en nuestras vidas no estuviese de moda, y como no están de moda (ya me gustaría encontrar textos que me aclaren de quienes son los que ponen a temas y autores de moda y si los criterios para ponerlos pueden ser criterios objetivos u obedecen a estrategias comerciales), el caso es que pasan de moda temas fundamentales para los humanos, demostrando con ello un abandono o una dejadez que de una forma u otra nos hará pasar factura.

 

Escribir, cuando se siente como un dar compartiendo, es un acto solitario de generosidad y hacerlo honestamente es un proceso en el que autor va madurando a lo largo de su obra, y esa maduración en el caso de Don Juan Ramón Jiménez pasó por una dedicación constante y una corrección, como hemos dicho, permanente, tantos de sus textos teóricos y relatos como de una poesía respetada, que ha tenido una influencia importante en su época sobre otros autores y no sólo autores ya que tuvo muchos fieles lectores y no solo en la lengua que escribía, ya que sus libros fueron traducidos a muchas lenguas (Su compañera Doña Zenobia Camprubí de Jiménez, cuya imagen nos ha impactado desde la primera vez que de adolescentes la hemos visto, ha sido fundamental en la labor de traducción y de ordenamiento de su producción, así como en lo que respecta a ocuparse de sus asuntos cotidianos liberándolo de los mismos para que pudiese dedicarse a la escritura).

 

Juan Ramón Jiménez. Imagen de Francisco Tosete (CC).

 

Todo lo mucho que se ha escrito sobre J.R.J. y sobre todo en lo que se refiere a su personalidad creemos que hay que interpretarlo con muchas reservas. Ignoramos si el humano ha vivido todos sus miles de años estableciendo críticas u opiniones hacia otros o las críticas son un fenómeno relativamente moderno, de todas formas lo sea o no, caemos en las críticas de aspectos personales con mucha facilidad y no deja de ser un tema delicado.

 

Consideramos que cuando una persona, por razones difíciles de justificar, se introduce en temas que suponen verse absorbidos por ellos con la intención de llegar al límite, le ocurren cosas o si se quiere pasa por experiencias, que el resto de los mortales no podemos explicar y en tal caso quizás lo correcto es aceptar esa aventura personal del autor, esa apuesta, como la de J.R.J. por la poesía y la escritura y dedicarnos a intentar recibir lo que nos ofreció con su decisión o su aventura, que suele ser mucho al estar introducido en un intenso riesgo en la que estaba en juego su salud psíquica y como consecuencia también la corporal.

 

Con esa actitud, con la actitud de sentirnos agradecidos por esa generosidad de autores como J.R.F. seremos más capaces de actuar como seres receptivos de la misma, teniendo siempre en cuenta que si bien él ansiaba y buscaba la perfección era consciente de la imposibilidad de alcanzarla.

 

Todos tenemos nuestro mayor o menor grado de incoherencia, nadie ha llegado hasta ese límite o claridad que vehementemente se proponía; lo que podemos recoger los demás es su aventura, así como los espacios por donde sus sentimientos han vagado, creyendo que con esa actitud estaremos en mejores condiciones de recibir lo que se nos ha dado.

 

El intentar convertir el trabajo, o lo que hagamos, en gusto, sea una necesidad que pueda acercarnos a la dignidad, se lo debemos, entre otros, a J.R.F.

 

Somos conscientes de que no hemos dicho mucho del contenido de esa conferencia (pensando que la mejor crítica es que cada uno digiera el texto a su manera) y además no lo hemos hecho porque creemos que ofreciéndoos una narración titulada “El Jardinero Sevillano” que figura en su conferencia “El Trabajo Gustoso”, consideramos que es suficiente para que el lector que no pueda o no desee leer el libro citado, se emocione y saque sus propias conclusiones sobre la importancia de hacer con gusto lo que en esta vida hagamos, además ofrecemos una versión en audio de este relato y gracias por vuestra atenta paciencia.

Pablo Rabanal

Juan Ramon Jimenez - Sobrina Natalia
Juan Ramón Jiménez con Natalia (una sobrina de Zenobia), en la Residencia de Estudiantes, 1929.

EL JARDINERO SEVILLANO

DE DON JUAN RAMÓN JIMÉNEZ.

(Respetando la forma de escribir del autor)

En Sevilla, Triana, y en su bello huerto sobre el Guadalquivir, calle del Ruiseñor, además (y parece demasiado, pero estas coincidencias son el pueblo auténtico). Desde el patio se veía ponerse el sol sobre La Catedral y la Giralda, términos rosafuego entre el verdeoscuro. El hortelano, jardinero, hombre fino, vendía plantas y flores que cuidaba en su mirador con esmero esquisito, Quería a cada planta y cada flor como si fuesen mujeres o niños delicados, y aquello era una familia de hojas y flores. Y ¡le costaba tanto venderlas, dejarlas ir, deshacerse de ellas! Este conflicto espiritual (los tenía a diario) fue por una maceta de hortensias.

 

Vinieron a comprársela, y él, después de pensarlo y dudarlo mucho, quedó comprometido en el trato. La vendía, pero a condición, impuesta por él, de vijilarla. Y se llevaron la hortensia. Durante unos días el jardinero estuvo yendo a verla a la casa de sus nuevos dueños. Le quitaba lo seco, la regaba o le sacaba un poquito de tierra, le arreglaba las cañas. Y antes de irse se estaba un rato dando instrucciones para su cuido: “Que debe regarse así o no así; mas el sol no tiene que darle sino de este modo; que mucho cuidado, señora, con el relente, qué lo de más acá, más allá”.

 

Los dueños se iban ya cansando de sus visitas. (“Bueno, bueno, no sea usted tan pesado. Hasta el mes que viene, etcétera”), y ya el jardinero iba menos, es decir, iba lo mismo pero no entraba. Pasaba por la calle y veía la hortensia por la candela, O entraba rápidamente, pasando su vergüenza, con un pretesto: “Aquí traigo esta jeringuilla que me he encontrado, para que la rieguen ustedes mejor”, o “que me había olvidado este alambrito”, o lo otro. Y con estas disculpas se acercaba a “su” hortensia.

 

En fin, un día llegó nuevo y decidido: “Si ustedes no quieren que yo venga a “cuidarla”, me dicen ustedes lo que les doy por ella, porque yo me la llevo a mi casa ahora mismo”. Y cojió entre sus brazos el macetón añil con la hortensia rosa y, como si hubiese sido una muchacha, se la llevó.


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